Estremecedor
Rosario Rodríguez estremeció ayer la sala del tribunal Oral Federal 1 con el relato de como encontró el cuerpo de su marido Pedro Balustra en la morgue. Sin un ojo, con hueco de bala en la frente y con las marcas de la tortura en su cuerpo en medio de cadáveres desnudos apilados uno sobre otro calificados como NN y rodeados por parvas de zapatos y pantalones. Completaba el tétrico panorama de las secuelas de una masacre, una sierra “como de cortar carne”.
Había una gran cámara de color inoxidable y entre esta y la pared “se veían muchos pies unos arriba de otro”. Su esposo estaba tirado en el piso, abierto y tenía marcas de haber estado atado, estaba lastimado en sus manos y sus pies estaban amoratados.
“Y ahí pude ver el cuerpo de mi marido, la persona que yo tanto quería, la persona tan pobre y tan pulcra, la vi con los pelos llenos de pasto y arena, la barba sucia. Pero lo peor es que no tenía el ojo izquierdo. Tenía negro ahí y un huequito redondito acá en la frente” relata quebrada Rosario.
Luego de reconocerlo, salió a buscar junto con su tío un servicio de sepelio en Alta Córdoba. Cuando regresó a la morgue se estremeció al escuchar el sonido de cómo cortaba “la sierra de carnicería” los cadáveres y se preguntaba si estaban cortando a su marido.
Como le entregaron el cajón sellado, nunca pudo saberlo con certeza pero supone que “como estaba todo abierto, seguramente deben de haberlo cortado”.
Pero antes de todo esto Rosario tuvo un largo peregrinar, primero para encontrar a su esposo y luego visitandolo en la cárcel tratando a la vez de encontrar la forma para que lo liberaran, desde la presentación de Habeas Corpus hasta los trámites en las embajadas para salir del país.
Cuando detuvieron a Ballustra lo llevaron a la Dirección de Inteligencia de la Policia de la Provincia de Córdoba (D2) donde Rosario, después de insistentes visitas a la dependencia logró que admitieran que se encontraba allí y pudo visitarlo y comprobar el estado en el que ya se encontraba por las inumerables torturas.
Cuando lo vió, tenía los testículos golpeados. Le cuenta que lo habían sentado en una silla desnudo, primero le pasaban un plumero mientras le exigían que hablara luego daba vuelta el plumero y le golpeaba los testículos con el palo. Después lo picanearon y lo tiraron por una escalera de madera.
Después, hasta octubre vinieron las visitas a la cárcel de Encausados donde fue trasladado desde la D2 y tras un breve lapso de tiempo lo llevaron a la Cárcel de San Martín.
En medio de los traslados, Ballustra es llevado a Tribunales Federales para ser interrogado por un habeas corpus presentado por Rosario. Tras el llamado de su abogado se presentó en Tribunales para intentar ver a su esposo pero solo pudo hacerlo cuando entró y cuando salió.
Sus hermanos quisieron acompañarla pero ella no se los permitió porque tenía temor que les sucediera lo mismo y porque además “cada vez había más padres y madres preguntando por sus hijos” en la justicia federal.
Pasado el tiempo Rosario debe realizarse una operación en el Hospital San Roque y el mismo día que se interna a Ballustra le dan la libertad por falta de pruebas pero inmediatamente queda a disposición del poder ejecutivo nacional por lo que permanece detenido con opción a exiliarse fuera del país.
Por esto Rosario emprende un largo camino de trámites burocráticos en el Ministerio del Interior y por distintas embajadas en Buenos Aires. En la de Italia la atendieron bien pero le dijeron que había lugar al igual que las de Perú o Francia.
A su regreso, visitó a su marido dos o tres veces hasta que el 28 o 29 de marzo recibió una carta que le comunicaba que se habían cortado las visitas y solo recibían paquetes para los presos. Comenzó entonces a llevarles ropa, pulóveres, bufandas, azúcar, yerba, cigarrillos, pero después se enteraron que no recibían nada. De todas formas continuaban llevando para tener alguna noticia.
Un día a Rosario le avisan que Balustra estaba en el Hospital de Urgencias. Pedro que lo habían operado por peritonites, se las había ingeniado para pagarle al policía que lo custodiaba para hacerle llegar el mensaje a su mujer.
A las cinco de la mañana del 27 o 28 de mayo, Rosario junto a su madre y su hermana fueron a visitarlo al hospital. Encontró a su esposo atado a la cama con una cadena y candado, no hablaba bien, tenía muy mal olor, los pelos revueltos, las axilas lastimadas, con barro y la ingle era una sola llaga.
Pedro no quería que lo destaparan porque le daba vergüenza la presencia de su suegra que insistía con higienizarlo. Precisamente ella se fue y volvió con calzoncillos largos, talco y otros elementos para lavarlo. El fuerte olor se debía a que tenía un pegote total de caca y pis acumulados con mugre de muchos días.
Tras higienizarlo se alimentó con lo que le dieron y Rosario recuerda como comió una manzana con mucha desesperación por el hambre que tenía. La enfermera del hospital las trató muy mal mientras el policía que haciá guardia estaba muy compenetrado leyendo una revista de “El Tony”.
En el momento que quisieron limpiarlo se dieron cuenta que no lo podían dar vuelta porque no sentía la pierna, se la pellizcaban y su brazo se le caía, secuelas de las duras torturas que le habían aplicado. No obstante esto pudieron terminar su labor, le lavaron los dientes y la cabeza. Pedro no quería hablar pero mientras lo higienizaban se le caía una lágrima.
Cuando se lo encontró al neurocirujano que lo atendía, un tal Melchiori, le pregunta que es lo que tenía su esposo que no podía mover el brazo y la pierna. El médico le contestó que estaba hemipléjico, que era irreversible y que tenía que hacerse la idea de que cuando saliera lo iba a tener que bañar.
Cuando terminó de comer Pedro le dijo que tenía muchas ganas de ver a sus hijos pero que no le llevara al mayor por temor a que le hicieran algo, “tráeme a la chiquita” le dijo. En su próxima visita le acerco a su hija y le pudo dar un beso.
Después le dijo que él sabía que lo iban a matar por lo que ella debía tener mucha fuerza, que criara a sus hijos y los hiciera estudiar y que intentara entrar a trabajar a Obras Sanitarias.
Tras el asesinato de Balustra, Rosario debió emprender una peregrincación más para poder acceder al cadáver de su esposo. Iba del Tercer Cuerpo a la cuarta brigada, a la morgue y hasta el Arzobispado donde Primatesta recibió a una comisión de diez personas entre las que estaba ella y le dijo que no podía hacder nada.
Después de mucho andar pudo finalmente conseguir la orden para retirar a su esposo de la Morgue y junto a su suegra en medio de pataleos y llantos por su muerte se dirigieron a buscar el cadáver.
“Así que, lo pudimos sepultar. Yo pude criar mis hijos como pude. Tuve un hermano que me ayudó muchísimo, muy querido, pero también le habían matado a su compañera con un hijo en el vientre con cuatro meses de gestación y empezó a tomar y se hizo alcohólico, así que quedamos con la vida bien desarmada, como ellos quisieron” relataba Rosario en la audiencia.
Y agregó: “De hoy en adelante pienso que mi vida va a cambiar porque espero justicia y es lo poco que puedo hacer por mi nieta y por mis hijos. Y si algo hice mal doctor, sólo le pido perdón a mis tres hijos, pero es lo que pude hacer.
Finalizando su declaración sostuvo que “estos señores eran dueños de la vida y la muerte, dueños de quitarnos a nuestros familiares, eran dueños de todo”.
Rosario fué ovacionada con los aplausos de todos los que concurrieron a la sala de la audiencia del juicio contra Videla, Menendez y otros 29 represores tras su declaración que fué estremecedora.
Los Hechos
Luego de ser trasladados como “detenidos especiales” por el teniente primero Nicolás Neme a la cárcel de San Martín, personal militar los habría retirado amordazados, atados y encapuchados en vehículos militares simulando un intento de fuga que dio muerte a Ballustra, Hubert, Ceballos, Diaz y González de Baronetto en un lugar descampado de la ciudad de Córdoba.
Pedro Balustra trabajaba, era militante peronista y fue delegado en Obras Sanitarias.