Un desaparecido, una familia desmembrada
Pablo Martín Balustra y su hermana Enriqueta declararon ayer como enfrentaron y sufrieron el secuestro de su padre, su aparición en la cárcel de San Martín y su fusilamiento pese a su corta edad, Pablo tenía cuatro años y su hermana era tan solo una bebé.
Balustra era presidente del cuerpo de delegados de Obras Sanitarias de la Nación y fue fusilado el 11 de octubre de 1976 cuando tenía 33 años junto a Marta González, Florencio Esteban Díaz, Oscar García, Miguel Angel Ceballos y Oscar Hubert por la dictadura militar que intentó justificar el crimen con un fraguado intento de fuga de la cárcel de quien para esa fecha se encontraba inválido o cuadripléjico producto de las palizas que le aplicaron con palos y picanas.
Su hijo Pablo de tan solo cuatro años relató los recuerdos que lo marcaron a fuego para toda su vida y de los que se aferra para recordar a su padre.
Emocionado, recordó como el día que desapareció su padre esperó durante horas que lo fuera a buscar en la salita de jardín de cuatro a la que asistía, y ante su ausencia y con tan corta edad comenzó con una sensación de que algo estaba pasando en su familia.
Fue muchas veces a visitar a su padre a la cárcel y guarda hasta el día de hoy entre sus mayores tesoros un camión de madera que su padre le regaló en una de sus visitas a la cárcel.
“Pablito más adelante vas a ser el hombre de la casa, se fuerte y estudia” le dijo su padre mirándolo a los ojos en su última visita por enero de 1976, antes del golpe militar y luego se despidieron saludándose con las manos durante un tiempo prolongado, hasta que ya no se escuchaban mas sus voces diciendo adiós, “era un juego que teníamos” dijo, y nunca más volvió a verlo.
A partir de aquí Pablo de cuatro años, guarda en su memoria el recuerdo de que siempre había alguien fuera de su casa vigilándolos en una especie de camión celular o que por las noches escuchaban pasos que caminaban los techos de su casa y la angustia de su familia de que siempre alguien estaba por venir por lo que constantemente su familia lo escondía debajo de la cama o no lo dejaban salir al patio mientras su abuela repetía “si se lo llevan a Pablito nos llevan a todos”.
“Y un día vinieron” relata pablo y cuenta como ingresaron varias personas y destrozaron su casa mientras él permanecía inmóvil en un rincón sintiendo por primera vez la sensación del terror.
La cárcel se convirtió para él en un lugar común donde frecuentaba a su padre, primero en la cárcel de barrio Güemes y luego en la Cárcel de San Martín, pero también sintió como si tuviera “sarna” ante la indiferencia de sus vecinos y su entorno por tener un familiar asesinado por la dictadura, situación que también debió enfrentar en el colegio.
Luego de decir en una clase en su colegio Coronel Olmedo que él no tenía padre porque lo habían asesinado los militares, sus compañeros comenzaron a decirle E.T, estaba de moda la famosa película de Spilberg, pero todos le decían así por “extremista”.
Tuvieron que mudarse en numerosos oportunidades buscando un lugar para intentar reamar su vida, los siete hermanos de su padre sufrieron persecuciones por donde fueron y casi como la caída de fichas de un dominó, todos quedaron desempleados y la familia se desmembró.
“Los antecedentes que teníamos como familia para la época eran nefastos, teníamos sarna, los vecinos no se acercaban” dijo.
Cuando asesinaron a su padre y su madre pudo recuperar el cuerpo para velarlo, lo llevaron a su casa y Pablo recuerda, por si algo más faltara, que producto de la falta de dinero le habían cortado la luz horas antes por lo que el velatorio se hizo sin luz y a cajón cerrado por el estado del cuerpo.
“En esa casa no había un peso, había lo mínimo para subsistir” dijo y agregó que nunca entendió de la dictadura “esa necesidad de destruir algo y volverlo a destruir, volver a destruir lo destruido, la necesidad de dejar marcas, huellas, yo crecí con eso” y señalando el lugar donde se sientan los represores que se habían retirado de la sala los calificó como “estas cosas que suelen estar sentados acá, podridos de crueldad, han llevado a la especie humana a lo mas degradante”.
Tanto él como su hermana Enriqueta pudieron canalizar lo que les sucedía en 1984 en el taller Julio Cortazar, fundado especialmente para contener a hijos de desaparecidos o exiliados durante la dictadura militar donde por primera vez sintieron que no eran los únicos.
Por su parte Enriqueta, que declaró después que su hermano, ingresó a la sala sosteniendio una foto de su padre y lamentó las consecuencias que le trajo no tener un papá durante sus primeros años de vida pero tampoco una mamá que tuvo que salir desesperada a buscar a su marido por cielo y tierra, cuestión que tuvo que aprender a entender cuando fue más grande.
Cuando sucedieron estos hechos era tan solo un bebé a la que le dejaron de dar la teta por estas circunstancias. No lo recuerda pero le contaron que su padre le cambiaba los pañales en la cárcel.
A pesar de estar con en familia, Enriqueta tiene el recuerdo de una sensación de soledad y de los innumerables llantos de su madre porque “nos habían quitado a mi papá por pensar distinto y tener ideales”.
A pesar que durante su infancia el recuerdo con su hermano es de mucho amor porque vivían abrazados todo el tiempo y en algún momento su hermano se alejó con mucho odio y mucho rencor sin saber por qué. “Hasta el día de hoy no tengo relación con él, mi hermano no conoce a su sobrina” dijo entre llantos ante el tribunal.
De todas formas Enriqueta finaliza su relato entendiendo que la responsabilidad o la culpa no es ni suya ni de su hermano ni de su madre.
Una familia quedó en un proyecto trunco, desmembrado, que hoy sirve para mostrarle a la sociedad la evidencia de cómo la dictadura militar más sangrienta de la historia de nuestro país exterminó mucho más que 30 mil compañeros, devastó un país en el concepto global de lo que ello significa, nos devasto a todos.