Volar Bajo
Hetty Van der Linden es una aclamada pintora holandesa que aprovecha sus exposiciones en países menos favorecidos que el suyo para encontrarse con niños necesitados a los que entrega pinceles como “varitas mágicas” para que pinten sus sueños, y luego se los devuelve hechos realidad.
“Pinta un futuro” se llama la organización “espontánea” -sin estructura, ni sueldos- que esta mujer ha montado con artistas bien cotizados de hasta 40 países. Cada uno pinta un cuadro inspirado en el esbozo del niño, que se incluye físicamente como un “collage”, para luego venderlo y materializar esos deseos infantiles.
“Recabamos sueños en la calle, en escuelas o en orfanatos de diez países y un centenar de artistas se han unido al proyecto”, apunta Hetty, que concibe el arte como “posibilidad de ayudar a los niños del mundo” y le resulta “fácil encontrar esa solidaridad”.
Los artistas se reúnen una vez al año en Brasil, cita de la que salen 100 cuadros que luego exponen a lo largo del Planeta vendiéndolos por diversos canales, incluido internet. “La ley más importante es que todos somos voluntarios y los únicos que ganan son los niños”, asegura la pintora, que este verano recaló en España a exponer su obra de gran expresividad y trazo vital.
“Allí ocurrió un milagro”, cuenta Hetty. “Pedí a los niños que me pintaran gallinas en tazas para ayudar a unos chicos de Madagascar y con las ventas de esos diseños compramos 500 gallinas para Beloha, un pueblo que ha recuperado la base de su sustento que arrasó el ciclón en 2007. El éxito fue tal que ahora vamos a repetir con otro pueblo cercano, también barrido por el huracán”.
Hetty reconoce que “vender los cuadros es lo más difícil, pero funciona”, comenta. Su truco para estimular a los niños es meterlos en una serie de magia y “surgen deseos que aluden a mínimos vitales como comida o un techo, o como en una escuela de niños sordomudos que se pintaron a sí mismos cantando y bailando”.
La idea nació en Buenos Aires. “Como europea invitada a exponer allá, fui bien recibida por la alta sociedad, pero otra realidad me inquietó en lo más hondo -confiesa- ante el sentido que tenía vender mi obra en un país donde muchos niños comen de la basura”.
Ese fue el comienzo y, desde entonces, en cada exposición, destinaba uno de sus cuadros para los niños. “A muchos amigos les gustaba mi idea, empezaron a imitarme y así la cosa se amplió″.
Ante la realidad que nos sofoca, la solidaridad es un brisa de aire refrescante que poco a poco se transforma en un huracán. Falta menos para comprender que el hombre está equivocado si piensa encontrar en una chequera la felicidad. Hay que volar bajo, porque abajo, está la verdad.