La pobreza del escándalo
En la Argentina de hoy, la pobreza es un escándalo. Pero no por el bullicio de los dichos del Papa Benedicto XVI en los titulares de los medios de comunicación. La pobreza es un escándalo por la inmoralidad que suponen varios millones de pobres en un país con un crecimiento económico del 8,8 % en 2003, el 9 % en 2004, el 9,2 % en 2005, el 8,5 % en 2006 y el 8,7 % en 2007 (considérese que el PBI había disminuido un 4,5 % en 2001 y un 10,9 % en 2002). Ese es el escándalo, esa es la desvergüenza nacional, lo diga o no el Papa. Crecimiento y, al mismo tiempo, pobreza y desigualdad social, muchos que ganan poco y pocos que ganan mucho. En la Argentina de hoy, el 10 % más rico gana casi 30 veces más que el 10 % más pobre. Crecimiento y, al mismo tiempo, hambre de argentinos y cordobeses que apenas sobreviven en las calles y esquinas de nuestras ciudades. Sin eufemismos ni indirectas, ese es el bochorno argentino.
Pero hay otros escándalos, encubiertos o silenciosos.
Un “pobre” escándalo. Paradójicamente, el escándalo de la pobreza es un escándalo “pobre”, escaso e insuficiente. Un “escándalo” incapaz de modificar la realidad existente. Limitado a los titulares (de un día o una semana como máximo) de los medios de comunicación. Las imágenes gráficas y televisivas muestran a los pobres, se ven y se escuchan sus lamentos junto con comentarios tan dolientes como ocasionales… y sigue otro tema. Es, pues, un “escándalo” inerme que no promueve acciones políticas ni mueve conciencias sociales. Un ruido pasajero, sin decisiones ni compromisos consecuentes.
Mientras tanto, las organizaciones de la sociedad civil, encargadas de comedores barriales que atienden las necesidades de miles, siguen sufriendo la escasez de recursos y la sumisión a una telaraña burocrática (y a veces corrupta) para hacer lo que debería hacer el Estado (nacional, provincial y municipal), mendigando apoyos empresariales que a veces llegan bajo el marketing de la responsabilidad social empresaria.
Semejante situación debería modificar estructuralmente las agendas públicas (estatales y privadas), reordenando abruptamente sus prioridades. Si la pobreza fuera verdaderamente un escándalo, una vergüenza y no un bullicio, los gobiernos y, también, los sectores económicos que más tienen deberían empeñarse en resolver la problemática. Con prisa y sin pausa. Si la pobreza fuera verdaderamente un escándalo, un bochorno y no un ruido pasajero, deberíamos declararle la guerra, reunir los esfuerzos estatales y privados para eliminarla. La lucha contra la pobreza debería convertirse en la prioridad de la nación, de cada provincia y de cada municipio. Sin embargo, a pesar de las excepciones que confirman la regla, nos topamos con una sociedad indolente y una política ensimismada.
Una sociedad indolente. En la Argentina de hoy, el escándalo de la pobreza es, también, la indiferencia de una sociedad apática. En la crisis de los años 2001 y 2002, la clase media de las grandes ciudades (que se había beneficiado por la convertibilidad de la presidencia de Menem) reclamaba la devolución de sus depósitos bancarios (en pesos y en dólares), ilegalmente retenidos por el gobierno de De la Rúa. En la crisis del año 2008, la patronal agropecuaria (que se había favorecido por la devaluación de la presidencia de Duhalde) reclamaba por la disminución de las retenciones a la soja, ilícitamente aumentadas por el gobierno de Kirchner. En ambas crisis, los sectores pudientes de la sociedad argentina ganaron las calles y protestaron, reivindicaron sus derechos y hasta se ganaron el apoyo de la ciudadanía y el electorado. De la Rúa se fue del gobierno y Fernández de Kirchner perdió las elecciones de renovación de legisladores nacionales. Pero no hubo reclamos ni protestas por los millones de argentinas y argentinos que esas crisis tiraban por debajo de la línea de la pobreza.
Entre nosotros, el egoísmo de los pudientes es parte integrante de una sociedad que se queja si y solo si se dañan los derechos o privilegios de quienes pueden quejarse. Sectores sociales que ven en la pobreza un factor de inseguridad pero no una violación a la dignidad humana y al bien común. Sin entender que los pobres no son unos vagos que “algo habrán hecho” para merecerlo sino las víctimas de la inequidad, más allá de sus propias culpas. El escándalo de la pobreza es la indolencia de una sociedad “pobre” en capital social, valores y principios de justicia y solidaridad.
Una política ensimismada. El escándalo de la pobreza es, finalmente, el descaro de una política ensimismada, absorta en sus problemas. Es ridículo pero el diálogo político en marcha no incluye la pobreza sino la reforma política. Nadie puede dudar de la importancia de las reformas electorales pero, obviamente, la pobreza es más urgente.
La reacción de la política a los dichos del Papa ha sido extravagante. El gobierno de Fernández de Kirchner se ha dedicado a reivindicar que la pobreza ha disminuido en comparación con los años 2001 y 2002 y los opositores se han dedicado a criticar que la pobreza es mucho mayor que los números oficiosos del INDEC. Insólitamente, unos y otros tienen razón. Es cierto que la pobreza había sido del 35 % en 2001 y del 45,4 % en 2002 (con el gobierno de la Alianza) y que había disminuido del 47,8 % en 2003 al 40,2 % en 2004, al 33,8 % en 2005, al 26,9 % en 2006 y al 23,4 % en 2007 (con el gobierno de Kirchner, como explícitamente lo reconocieron los Obispos argentinos en el documento del 14 de noviembre de 2008 llamado “Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad”). También es cierto que el INDEC desinfla la inflación y falsea las estadísticas de la pobreza (entre otras), tal cual lo sostienen las investigaciones privadas y la percepción ciudadana. No se pueden ignorar los logros ni tampoco las mentiras. Gobierno y oposición tienen razón, aunque no sean capaces de reconocerlo y obrar consecuentemente. Mientras tanto, la pobreza aumenta. El escándalo de la pobreza es el ensimismamiento de una política “pobre” en ideas, proyectos y actividades.
¿Qué hacer? No se trata de contar pobres. Mucho menos de usarlos para el marketing o el clientelismo. Se trata de eliminar la pobreza. ¿Cómo? Superando las acusaciones, las explicaciones y justificaciones. Sabemos que hay organizaciones de la sociedad civil que se esfuerzan y son la mejor cara de nuestra sociedad. Nadie duda que hay empresarios y gobernantes concientes, comprometidos y responsables. Pero no alcanza. Es imprescindible un gran acuerdo político e intersectorial con el propositito de elaborar un plan para eliminar la pobreza. La proximidad del Bicentenario puede ser una motivación adicional.
Nuestra Provincia podría tomar la iniciativa. Convocar al Consejo de Partidos Políticos y al Consejo Económico Social, solicitar el apoyo técnico de las universidades para la elaboración y el control de políticas públicas de desarrollo integral. Es urgente.
Como claramente dijeron los Obispos argentinos en el documento citado, hemos escrito estas reflexiones sin dejar de interrogarnos sobre nuestras propias responsabilidades: “Sólo el diálogo hará posible concretar los nuevos acuerdos para proyectar el futuro del país y un país con futuro. (…) la promoción de políticas públicas es una nueva forma de opción por nuestros hermanos más pobres y excluidos. (…) Creemos que estamos ante un momento oportuno para promover entre todos un auténtico acuerdo sobre políticas públicas de desarrollo integral”.