Llueve sobre mojado
Pasaron las elecciones del domingo los resultados sorprendieron a muchos, ya que Luis Juez, del Frente Cívico, ganó por mucho menos de lo que esperaba: se posicionó sobre el candidato Radical Ramón Mestre, por poco más de tres puntos.
Por otro lado, el FC logró romper con el bipartidismo que reinó en la ciudad durante décadas y un partido fuera de los tradicionales ganó una elección. Además, Juez logró reivindicarse ante el supuesto fraude electoral que él denunció que le hicieron en las elecciones de 2007.
En este contexto, envió una carta que textualmente dice:
¿Cuántas veces habrá que ganar para Ganar?
Han transcurrido apenas horas desde el cierre de los comicios. En ese lapso aparecen cuestiones para reflexionar “en caliente” y otras que quizás merezcan el paso de los días para ahondar en ellas con el mayor y debido detenimiento. Pero entre esas circunstancias y lo de fondo, surge como cierto y concreto que el domingo 28 de junio de 2009 fue tan importante como clave para nosotros. Para nuestro joven espacio político.
Ganamos. Concreta, lisa y llanamente: ganamos. Y las victorias, como la representación profunda de un paso hacia delante en la historia política, nos ofrecen oxígeno y representación popular y ciudadana. Nos otorga aire y genuina expresión de la gente, aunque tal afirmación se enuncia superficialmente en porcentajes y puntos a favor.
Ganamos porque es nuestra cuarta victoria electoral en los últimos 6 años. Desafíos democráticos a los que nos arrojamos desde una casi adolescencia histórica (nacimos hace sólo 6 años) a luchar contra aparatos monstruosos de más de 60 y 100 años de trayectoria. Así y todo el 2003, el 2005, el 2007 y este 2009, nos consagraron victoriosos.
Ganamos porque 504.792 ciudadanos cordobeses de toda la provincia depositaron convencidos su voto para el Frente Cívico y con cada voto, martillaron firmes la cuña que hoy se clava con más profundidad en el corazón del bipartidismo insano y crónico que mantuvo a mal traer no solamente a nuestra Córdoba, sino al país durante los últimos 60 años.
Ganamos porque el domingo se diplomaron de dirigentes políticos, miles de hombres y mujeres que cumplieron años esforzándose con un despliegue descomunal de energías y sacrificios, motivados nada más y nada menos que por convicciones y sueños. Ellos son las pruebas vivientes de que la mística militante ha desembarcado en Córdoba, en nuestra fuerza política y constituye hoy, casi de manera exclusiva, la reaparición de una virtud casi inexistente en la amplia geografía del país.
Ganamos porque cada voto de esos 504.792 costó apenas 70 centavos. Fuimos consecuentes con nuestra prédica convocando a la austeridad ante 23 millones de argentinos que hoy viven bajo la línea de pobreza. Cada voto para el candidato Eduardo Mondino costó 70 pesos!!! Se costeó con recursos del estado nacional y provincial y para mayor obscenidad, el origen real y verdadero de ese dinero amaga quedar en el fondo de los misterios de la impunidad.
Para ser honestos, tampoco debiera quedar libre de crítica el costo de cada voto de la lista tres para los comicios del domingo: 18 pesos. ¡Casi 8 millones de pesos en gastos de campaña! ¡Una impostura!, y frente a ello, nuestra victoria toma rasgos de una hazaña.
Pero, luego de este racconto, pretendo ir a lo importante: cuál es el tratamiento, al menos inmediato, que ha merecido nuestro gran triunfo. Pareciera una obviedad, frente a los guarismos que recorrieron el país como un rayo en la noche del domingo y desde todos los distritos electorales, percibir las exiguas diferencias de puntos entre ganadores, segundos y perdedores.
La realidad vuelve a refrendar las características tradicionales de las contiendas legislativas: la sociedad se da con algunos gustitos, los guarismos se dispersan, el poder se reparte en más porciones.
Pero ante este panorama surgen, igualmente claras, las victorias y derrotas e inmediatamente los efectos comienzan a volcar explosivas consecuencias: se acabó la hegemonía K, pícaramente, Néstor abandona el barco del PJ cómo si ese hubiese sido el pedido de los que no lo votaro, Scioli se hunde, renuncia la ministra Ocaña, de Salud, Pino insufla buen aire, Reutemann se mide absurdamente la banda presidencial, Macri baila, como siempre, De la Sota saca el facturero del bolsillo, Schiaretti entre delirios, hecha la culpa a la chequera, dice estar conforme con el tercer puesto y mira para otro lado cuando pocas preguntas lo obligan a responder sobre la mayor derrota del peronismo en el gobierno.
“No nos vamos a arrodillar” repite sin que nadie le crea; Aguad, predecible, sobrevalúa la resurrección y nuestro Intendente, como siempre…nada. Sin votos, el soldadito K le ofreció a sus jefes la exclusividad de un cuarto lugar, cómodo, bien cómodo.
Y ante esta tormenta, algunos sectores de la comunicación persisten en mostrar, a mi modo de ver, las próximas marquesinas para el 2011, sin reparar que desde el primer minuto del lunes 29 se abrió otra etapa tan novedosa como inquietantemente compleja para la vida de nuestra pobre y sufrida nación.
Los comentarios van desde cuánto brillo tuvo la derrota de tal, a cuánto se opaca el triunfo de cual, pues semejante performance no fue la prevista!!! Esta exhibición o panorámica política es, por lo menos, una pretensión que congela a los protagonistas en una vidriera sin sentido ante la feroz dinámica de este tiempo nacional.
La voluntad popular del domingo nos consagró y algunos sectores de opinión se empeñan en resistir esa página escrita por la gente. Reconocer la victoria de un contendiente no significa sólo otorgar el triunfo al ganador, sino también ser sincero en la lectura de la voluntad popular y mucho más asumir el rol y las consecuencias que un triunfo impone en el contexto social, nada menos.
Un triunfo electoral ofrece un ineludible reconocimiento y alcance social, confiere representación popular y ciudadana, y si ese triunfo es legítimo demanda respeto institucional. Y lo que debe quedar en claro es que todas y cada una de estas instancias no son prerrogativas antojadizas de un análisis, por el contrario, constituyen atributos propios de la vida democrática.
Por lo tanto, la validación del triunfo de nuestro Frente Cívico en las elecciones legislativas del pasado domingo, determina que ganamos, que asumimos el liderazgo de la oposición, que representamos la voluntad y la manifestación de la primera minoría de los ciudadanos, que como tal puede expresar socialmente lo que una porción decisiva de los habitantes de nuestra provincia espera para los próximos seis meses de transición institucional y legislativa. Y esto es clave en un país instalado en la crisis y ante una virtual volatilidad en los indicadores económicos.
Quizá precisamente eso: la representatividad respecto de lo que un importante caudal de votantes espera desde hoy para su vida cotidiana, es lo que implica ganar. En la vida democrática esto también significa proponer discusiones y soluciones entre los legisladores y los ciudadanos, ante la atenta mediación de los comunicadores.
Ganar no significa que los comunicadores nos instalen como una presa en las vitrinas vivientes de los candidatos a gobernador y presidente de las próximas elecciones. La victoria en la democracia significa también el privilegio de poder llevar la voz cantante en la construcción de soluciones para los problemas de todos.
Luis Juez
Senador electo por el Frente Cìvico