Un Solo Hombre
Tenía sólo siete años cuando un día de octubre del año 1983 quedó grabado en mi memoria para siempre.
Mis padres, que sin ser radicales, gritaban desbordados de alegría, saltando sobre la cama, abrazándose, nos invitaban a festejar a mi hermano de sólo cinco años y a mí, que mirábamos felices sin comprender mucho, pero aceptábamos gustosos la invitación.
Nosotros, contagiados por aquella felicidad indisimulable, y por el irrefutable hecho de que en aquellos años y a nuestra corta edad, sólo una sonrisa de nuestros padres desataba en nosotros ese mismo sentimiento, la alegría desbordó durante horas nuestro hogar.
Y no era para menos, había ganado Raúl Ricardo Alfonsín las elecciones presidenciales de ese año poniéndole fin a la etapa más oscura de horror, desaparición y muerte que pudo haber vivido nuestro país.
Se estaba yendo la dictadura militar que desde la década del ´70 implementó un método de aniquilación de la población civil y arrancó del inconciente colectivo 30 mil conciencias.
Días después, a la hora de asumir su cargo, y por esas casualidades de la vida, justo el día de mi cumpleaños número ocho, un primero de diciembre de 1983, Alfonsín se dirigía a la asamblea legislativa diciendo:
Vamos a hacer realidad la esperanza de recuperar la vida, la justicia y la libertad, porque, por dura que sea nuestra situación, ningún obstáculo será insuperable frente a la voluntad inmensa de un pueblo que se pone a trabajar, junto con el gobierno pero también más allá de los gobernantes, en la tarea de construir su propio futuro.
Otros pueblos se han levantado de ruinas a veces más tremendas que las nuestras. No somos más, pero tampoco somos menos que ellos. También nosotros podemos hacerlo, y lo vamos a hacer, superando dificultades, equivocándonos y corrigiéndonos. Y no tengo duda de que podemos gozar de esa vida, con esa justicia y esa libertad que hoy deseamos. Lo vamos a lograr vamos a dar ese ejemplo y vamos a extender nuestra mano fraterna para que otros pueblos, en particular nuestros pueblos hermanos latinoamericanos también lo logren.
Hemos venido ante vuestra honorabilidad, conscientes de nuestras limitaciones y del arduo esfuerzo que tendremos que desplegar para tratar de ponernos a la altura de nuestra responsabilidad histórica, pero conscientes, con igual sinceridad, de que nuestro mandato es claro, terminante e ineludible; tal como lo es, en la esfera del Poder Legislativo, los que han recibido los miembros de esta Honorable Asamblea, y tal como lo será el que oportunamente reciban, con acuerdo del Honorable Senado, los jueces de la Nación que habrán de completar la arquitectura constitucional de la República con su alta misión, más silenciosa, pero no menos esencial.
Todos somos humanos y falibles, pero esta vez contamos con muy poco espacio para el error o la flaqueza. No debemos fallar. No fallaremos. Y si al cabo de nuestros mandatos hemos cumplido con aquellos grandes fines del Preámbulo de la Constitución que alguna vez nos hemos permitido recordar de viva voz como ofreciendo a la gran Argentina del futuro nuestra conmovida oración laica de modestos ciudadanos, entonces, como también lo hemos dicho en más de una ocasión, nada tendremos que envidiar a los grandes personajes de nuestra historia pasada, porque esta generación, la nuestra, tan hondamente agitada por las luchas y las frustraciones de este tiempo, habrá merecido de su posterioridad el mismo exaltado reconocimiento que hoy sentimos nosotros por quienes supieron fundar y organizar la República.
Con el esfuerzo de todos, en unión y libertad, que así sea.
A casi 30 años, aquel recuerdo de 1983 que marcó la llegada de un gobierno elegido por el pueblo, con la viva conciencia de lo que ocurrió en el país durante esos años, y lo que ocurrió después, sin lugar a dudas demuestran cómo con sus virtudes y defectos un sólo hombre supo conducir a todo un país por el camino de la democracia, la verdad y la justicia.