Destrucción
El sitio del primer y más devastador ataque nuclear de la historia resonó ayer con el canto de coros de niños y el tañido de campanas como parte de la ceremonia en Hirsohima, que comenzó con la observancia de un minuto de silencio a las 8.15, la hora en que cayó la bomba estadounidense y arrasó la ciudad.
El alcalde de Hiroshima dio la bienvenida a la decisión de Estados Unidos de enviar a su embajador John Roos a los actos, en los que se vertió agua en recuerdo de las 140.000 personas que murieron por el primero de los dos bombardeos atómicos en Japón, que aceleraron la rendición nipona en
El alcalde Tadatoshi Akiba invitó este año al presidente estadounidense, Barack Obama, a ir a Hiroshima, una visita que el mandatario dijo que considerará y que no encuentra precedentes entre jefes de Estado norteamericanos.
"Necesitamos comunicar a cada rincón del globo el intenso anhelo de los sobrevivientes de abolición de las armas nucleares", dijo Akiba a las 55.000 personas que concurrieron al evento, según informó la agencia de noticias DPA.
Al acto en el Parque Conmemorativo de
Japón se rindió el 15 de agosto, lo que puso fin a
La decisión de Obama de enviar a un representante fue elogiada por el gobierno japonés pero generó sentimientos ambivalentes en el país, donde predomina la idea de que la bomba fue innecesaria porque el Japón del Eje estaba ya condenado a la derrota, cuando en Estados Unidos se dice que sin ataques no terminaba la guerra.
El presidente de los supervivientes, Kazushi Kaneko, de 84 años, comentó con desdén la visita de Roos.
"El embajador norteamericano no ofreció siquiera un homenaje floral. ¿Cuál fue el objetivo de su visita a Hiroshima?", preguntó el hombre, que esperaba disculpas por lo que definió como un "gigantesco error humanitario".
Cada guerra es una destrucción del espíritu humano… El hombre es único en eso de organizar matanzas en masa dentro de su propia especie, cegado por intereses económicos.
Mantener viva la memoria les permitirá a los pueblos bregar para que no vuelvan a suceder las tragedias que destruyeron el espíritu de una sociedad entera.