Las ideas no se matan
Fermín Rivera fue secuestrado en 1974 y obtuvo la libertad el 30 de noviembre de 1983, diez días antes del regreso de la democracia. Pasó por una decena de centros clandestinos de detención, fue torturado hasta quedar hemipléjico y durante su declaración puso de manifiesto relató como quedó hemipléjico producto de una “paliza” que le aplicaron los militares días después de haber denunciado a la Justicia Federal lo que sucedía en la cárcel de San Martín.
En una declaración que se extendió por más de cuatro horas el día viernes y debió pasar a un cuarto intermedio hasta mañana a las 9:30 horas, Rivera declaró que el 10 de Julio de 1976 cuando los militares entraron a la celda para “bailarlos” y un suboficial advirtió que se había metido los pantalones dentro de las medias, producto del frío y la escaza ropa que tenía, comenzó a darle golpes en la cabeza mientras le daba órdenes para que realizara ejercicios.
Rivera se mareó tanto por los golpes que en un momento chocó contra el suboficial y le manchó el uniforme con la sangre de las heridas de su cabeza desatando la furia del militar que agarró un zapato del piso y comenzó a golpearlo salvajemente en la cara y en la cabeza hasta que perdió el conocimiento.
Cuando se despertó lo estaban zamarreando para que se levantara. Le ordenaron que se fuera a lavar al baño, se mojó su cabeza y cuando volvió a la celda se cayó y no se pudo levantar más por lo que el suboficial ordenó que lo llevaran a la enfermería donde estuvo inconsciente dos días.
Al despertarse tenía todo el costado derecho inmovilizado, no podía mover ni el brazo ni la pierna. El Dr. Candela que estaba en ese momento le dijo que tenía un coágulo en la cabeza que le producía esa inmovilidad pero que no podía hacerle ningún estudio ni darle tratamiento por órdenes de los militares a cargo de la cárcel.
Después lo examinó el Dr. Balmaseda, un médico de la cárcel que tenía sensibilidad por los problemas de los presos. Le explicó que la lesión no se podía operar por los riesgos que se corrían y le aconsejó que mantuviera la función de sus miembros moviéndolos con su mano para que no se deteriora la musculación y para intentar reemplazar las funciones neurológicas dañadas por otro sector en su cabeza.
A partir de aquí Fermín Rivera comenzó a mover sus miembros con su otro brazo todo el tiempo e incluso le pidió a sus compañeros que lo ayudaran con esta tarea.
Estando en la enfermería fue testigo de cómo murió Moukarzel luego de ser estaqueado en el patio de la cárcel (ver nota “Así murió Moukarzel”). Con todo lo que estaba sucediendo Rivera le tomó la palabra a Alsina cuando les había dicho que los iba a matar a todos.
Al tomar conciencia de que la amenaza podría convertirse en realidad en cualquier momento Rivera le pidió el alta al Dr. Balmaseda quien le dijo que era una locura porque estaban matando a golpes a los presos en las celdas y otro golpe en la cabeza lo podía matar.
En este momento de la declaración, Rivera se quebró, contuvo sus lágrimas, bebió agua y con la voz entrecortada dijo que le contestó al médico: “Si me tienen que matar quiero que me maten con mis compañeros”.
“Me cuesta decirlo ahora que han pasado 34 años imagínese, en ese momento me paso lo mismo” le dijo al Tribunal. Sin mediar mas palabra Balmaseda le otorgó el alta y le dio una muleta. En el pabellón continuó haciendo ejercicios de rehabilitación con la ayuda de sus compañeros.
El 30 de septiembre de 1976 los militares cambiaron de pabellón a un grupo de presos entre los que se encontraba Rivera, “no sabíamos si estar contentos o tristes, porque el traslado era la muerte en intento de fuga” dijo.
Cuando estaba tirado en una colchoneta junto a un centenar de presos, ingresó un grupo de gendarmes y militares que se dirigieron directamente a donde estaba él y le ordenaron que se parara. Ayudado por la muleta se puso de pié. Luego se dirigieron a donde estaba Pablo Ballustra que también estaba hemipléjico pero no se pudo parar porque su lesión era mucho más grave.
Por esta razón ordenaron que se llevaran de vuelta a Ballustra y que trajeran a otro en su lugar porque no podía ser trasladado. Pablo Ballustra fue fusilado en el último traslado fraguado como intento de fuga que realizaron los militares en la cárcel de San Martín.
Mientras tanto el grupo de prisioneros que había sido separado fue trasladado a Sierra Chica en un avión en un Hércules sin asientos. En el viaje Rivera perdió su muleta. Al llegar a Olavarría los militares tiraban literalmente a los presos del avión a un camión, y lo mismo ocurrió del camión a las celdas cuando llegaron a Sierra Chica. Tanto fue el maltrato que nadie percibió que Rivera estaba hemipléjico.
Una vez en sus celdas Rivera recordó que le impresionó el asco que le tenían los guardias cárceles que hasta se llegaron a descomponer por el olor que emanaban. Sucede que durante un año los presos de la cárcel de San Martín habían permanecido con la misma ropa, incomunicados y haciendo sus necesidades en un tacho de cinco litros en sus celdas.
Al otro día, luego de cambiarles la ropa, los militares se dieron cuenta que Rivera no podía caminar. Pero lo que más le llamó la atención fue que esa mañana le trajeron un jarro grande de leche caliente “como de un litro” y lo primero que pensó fue “para que nos dan leche caliente si nos van matar”.
Hoy, el cuerpo de Fermín Rivera está maltrecho producto de nueva años de torturas en prisiones y centros clandestinos, pero la entereza mental que presenta es la evidencia que pese a la reducción del ser humano a la nada que llevaron mentes obsoletas, retorcidas y enfermas nada puede imponerse sobre las ideas, la fuerza de voluntad y las ganas de sobrevivir que hoy condenan a quienes desaparecieron una de las generaciones más valiosas de la historia de nuestro país.