La complicidad de la Iglesia Católica con la Dictadura
Fermín Rivera fue secuestrado en 1974 y obtuvo la libertad el 30 de noviembre de 1983, diez días antes del regreso de la democracia. Pasó por una decena de centros clandestinos de detención, fue torturado hasta quedar hemipléjico y durante su declaración puso de manifiesto la complicidad de la Iglesia en Córdoba con la última dictadura militar, desde el cura Makinnon que le decía a los presos en la cárcel que la tortura no era pecado hasta Monseñor Raúl Francisco Primatesta que le manifestó a los familiares que no se podía hacer nada porque todo estaba en manos de los militares.
En una declaración que se extendió por más de cuatro horas el día viernes y debió pasar a un cuarto intermedio hasta mañana a las 9:30 horas, Rivera relató su relación con los curas en la cárcel de San Martín que comenzaron con el Padre Francisco Luchese a quien los estimaban mucho porque tenían una relación que “iba mucho más allá de la religión”.
Precisamente por esto, la dictadura amenazó a Luchese con retirarle las asignaciones de dinero que recibía para cuidar a un centenar de niños que tenía a su cargo por lo que les comunicó a los presos que ya no iba a poder concurrir por esta situación.
Significó una pérdida importante para los detenidos políticos por lo que a través de sus familiares le hicieron llegar esta inquietud a Monseñor Raúl Francisco Primatesta. Fue así que después de muchos intentos denegados la madre de Fermín Rivera fue recibida por la máxima autoridad de la iglesia en Córdoba junto a otras mujeres familiares de presos y víctimas de la dictadura.
En el momento del encuentro Primatesta se acerco a las mujeres y las fue saludando una a una con su mano. Cuando se aproximó a la madre de Rivera y se la extendió, ella le dijo que no podía dársela. Primatesta sorprendido le preguntó por qué a lo que la mujer le respondió: “porque su mano está manchada con la sangre de nuestros hijos”.
Después de este episodio las madres le solicitaron que dejara volver al padre Luchese y Primatesta les dijo que era difícil porque todo estaba a cargo de los militares pero que iba a tener en cuenta el pedido y enviaría ayuda espiritual a la cárcel de San Martín.
Rivera recuerda que días después de este encuentro se presentó un cura llamado Makinnon junto a otro padre que venía con uniforme del cuerpo de paracaidistas.
El primer día de confesión de Rivera junto a este cura pudo comprobar la complicidad de los sectores eclesiásticos de Córdoba con la dictadura militar. En esa confesión Rivera le relató las torturas y los asesinatos que estaban sucediendo.
La respuesta tuvo más que ver con el infierno que con el cielo. Makinnon le dijo primero que conocía de torturas porque durante la Guerra Civil Española los comunistas lo habían tratado muy mal. Luego le explicó que la tortura era buena y que no era pecado si permitía salvar vidas y que por esta razón todos los que eran sospechosos de organizaciones terroristas debían ser torturados durante uno o dos días para sacarles información.
El golpe de 1976 fue militar, pero también fue avalado por un gran sector de la sociedad que legitimó la interrupción un proceso democrático que en nuestro país venía siendo azotado por innumerables levantamientos que derrocaron desde 1930 a presidentes constituciones con el afán de poder de una elite argentina para quien los militares terminaron siendo funcionales, manejados como “títeres”, a cambio sentirse los amos y señores de la nación. A su vez esta elite respondió sistemáticamente a intereses externos que postergaron el desarrollo de un proyecto nacional y propició el vaciamiento cultural, intelectual, político, económico y social de la Argentina.
Como ya quedó demostrado en los juicios por delitos de lesa humanidad que se desarrollan en todo el país contra estos “títeres”, la Iglesia Católica Argentina jugó un rol fundamental que permitió el avance recrudecido de mentes febriles que vieron en una forma de pensar una amenaza.